«No había amanecido cuando empezó el viaje. Después de un largo camino andando en la penumbra, paró a un primer conductor de moto con el que acordó una cantidad de dinero para acercarle hasta otro punto de la región. Después de bajarse de esta, y esperando un largo rato sentada en el camino, paró a otra moto, que la llevó hasta otro punto más cercano. Y a partir de entonces, andando…”.
Así nos traducían del eton, frase por frase, el largo camino que había recorrido la paciente que teníamos delante de nosotros en la consulta. Las caras de sorpresa de nuestros amigos que hacían de traductores nos dejaban entrever que, hasta para los locales, el viaje de Marie era algo inimaginable tanto física como económicamente. Y Marie era una de los muchos pacientes que esperaban en la sala de espera. Algunos apoyaban cansados su cabeza y otros dormían mientras esperaban su turno.

Me puse a pensar en el extraño sitio al que llegaba Marie. Un centro de salud que, a pesar de estar inutilizado en su mayoría por falta de personal y recursos económicos, tenía tantísimo potencial. Nosotros cariñosamente lo llamábamos el “hospital”. En los marcos de las distintas puertas se podían leer letreros que indicaban dos consultas, dos salas de ingreso (femenina y masculina), zona de curas, laboratorio, farmacia, una gran sala de espera con bancos y hasta una zona de urgencias pediátricas. Organizados por el enfermero del centro, nosotros nos habíamos instalado en tres de las salas que hacían de consulta. Cada día veíamos como llegaba más y más gente al “hospital”.

En parte, por lo que sufría una comunidad que lo había dado todo en sus tareas del día a día. Y, por otra parte, porque esa comunidad que nos había abierto sus puertas hasta lo más hondo había puesto su confianza en nosotros. Y he de decir que nosotros también en ellos. Y poco a poco fuimos aprendiendo que para poder tratar se necesita actuar de raíz, acercar nuestra medicina a la suya. Yo miraba asombrada como mis compañeros se exprimían en cada paciente. Siempre juntando Camerún con Madrid a través del teléfono, comentando casos, pidiendo consejo a especialistas.
Me bastó un segundo, en el que saqué la cabeza de la consulta para ver el panorama. Gente cansada, dolorida y esperanzada. Pero nada de lo que hacíamos servía de mucho sin contar con las familias. Abuelas que cuidaban preocupadas a sus nietos negando sus propios dolores, padres y madres que trabajaban para poder pagar la medicación y cargaban desde larga distancia a sus hijos, para asegurarse de que les atenderían. No seríamos nada sin ellos. Porque, como decía Teresa de Calcuta “El amor comienza en casa, y no es lo mucho que hacemos… es cuánto amor ponemos en cada acción.”
Después de un largo día de trabajo, empezábamos nuestra retirada a casa. Una pequeña reunión entre nosotros, recoger nuestro material y recordar en alto las cosas que debíamos tener en cuenta para el día siguiente. Y poniéndonos las mochilas al hombro salíamos del hospital y echábamos a andar.
Sin embargo, el centro no se quedaba solo. Nos despedía desde la puerta Pierre, el enfermero y director del hospital, que se quedaba. ¿Seremos capaces de dejar que nuestra vocación empape tan de lleno nuestra vida? Claramente, Pierre sí era capaz porque no daba el tiempo que le sobraba, sino daban todo lo que es.

A la vuelta del “hospital” el trabajo continuaba. Aparecía mucha gente en la puerta de la casa en la que vivíamos, para que les atendiéramos. Y, de uno en uno, íbamos haciéndolos pasar al salón de la casa para hablar, coger una mano y tratar a todos estos pacientes que no podían acercarse al centro de salud. Siempre estaremos agradecidos a los padres de Ignace, por hacer de su casa una casa de acogida y de cuidado.
Fueron pasando los días de trabajo, casi volviéndose rutina. Mentiría si no dijera que alguna situación pudo con mi fuerza. Niños con malarias muy graves, secuelas que podrían haberse evitado… Pero no dejarán de sorprenderme los guiños de Dios; mientras daba vueltas en mi cabeza, se sentaba Kitoko a mi lado para explicarme una de las frases que guía su vida, y que ahora traduzco del francés; “Hazlo todo en la vida como si dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios” (San Ignacio de Loyola) y hasta el día de hoy, me lo sigo repitiendo.

A lo mejor, cada uno de nosotros tendría que pedir que no necesitemos dos motos, dos conductores, y una larga travesía andando, para averiguar el sentido: pararnos a mirar de verdad a los ojos del que tenemos delante, ya sea paciente, alumno, amigo, familia o desconocido. Darle la dignidad e importancia que tiene, darle nuestro tiempo y esfuerzo al de al lado. Sea quien sea él y seas quien seas tú.
Marta del Casar (voluntaria de Idjong)