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Es lunes. Son las 7 de la mañana. Me he levantado para ayudar a limpiar el suelo de la casa donde desayunamos, comemos y cenamos. Lo que me despierta es el gallo, no se ve casi nada, aunque poco a poco va amaneciendo. Al salir de la casa de voluntarios, miro. Miro a mi alrededor y puedo ver mucho movimiento, me sorprende que siendo tan pronto haya tanta gente levantada con esa actividad. 

A mi izquierda tengo a Landry y Dimitri afilando los machetes con los que, con esperanza, van a adentrarse en la selva para ver si sus trampas (puestas a unos 40 minutos de distancia andando de donde viven), han tenido éxito para comer esta semana. A mi derecha, puedo ver a Beka; se ha adelantado a mi compañero para limpiar la zona común del porche y veo cómo, con sus 12 años, su servicio y disponibilidad son admirables. 

Sigo avanzando, y puedo ver cerca de la “carretera” a Yoan y los gemelos trayendo agua de un pozo un poco más lejano (porque el de la casa está roto) para llenar los cubos grandes cerca del baño y que así no tengamos que desplazarnos hasta allí para lavarnos.

Sigo avanzando y ya llego a la casa del comedor. Miro alrededor y veo todo ya limpio. Kitoko se había adelantado para tenerlo todo preparado cuando llegáramos a desayunar en media hora. Le miro y le digo que no lo hiciera, que para eso estábamos nosotros: “Para eso estamos todos”, me responde. Con cuerpo incómodo por no llegar antes, pero con el corazón agradecido por el enorme servicio, sigo caminando, esta vez, hacia el desayuno. 

Todo preparado. Pan, aguacate cortado, tomate, aceite, tortilla, crepes, fruta… César sale de la cocina con una sonrisa en la boca: ¡Mbembe Kiri! Le miro y, devolviéndole la sonrisa: ¡Kiri mbem! Esos buenos días son sin signos de cansancio, ni signos de lo monótono que le supondría hacer eso todos los días en cada comida y, sin embargo, su sonrisa y su mirada son capaces de hacerme sentir una vez agradecido y acogido. 

Una vez terminado el desayuno, algunos ayudamos a fregar los platos que entre todos hemos usado. Los sanitarios que han venido de voluntarios salen camino a ayudar en lo que necesiten las personas que hoy acudirán con esperanza al hospital. Los que ayudamos a pintar el colegio, esperamos a salir un poco más y aprovecho para quedarme quieto contemplando el movimiento que sigue habiendo en la casa principal.

Entre todo el movimiento veo a alguien. Una persona sentada, con su túnica, con una sonrisa y una mirada distintas a las otras personas. Se dedica a hacer algo que no llama la atención, que es invisible a ojos de los demás y que aporta en la sombra. Es una persona que, durante ese tiempo que he estado observando ha sido también refugio para su hijo Ignacio, guía para Marie a la hora de lavarse y de desayunar, juego para Shekina… y siempre, como he visto, con su mirada acogedora y su sonrisa que familiariza. Ella es Maman, una mujer que se dedica a picar especias. Pensadlo bien, solo picar especias. Las especias son prácticamente invisibles a nuestros ojos, pero las reconocemos como esenciales cuando comemos. Cuando te tomas un plato de comida, nadie dice «¡qué bueno está el orégano!» o «¡cómo sabe esta pimienta!«, sin embargo, cuando falta sabes perfectamente que a ese plato le falta algo, aunque no te acuerdes de las especias de forma directa. Qué trabajo, ¿verdad? Me recuerda mucho a Jesús en mi vida, un Jesús que está, que trabaja en la sombra y que hace que tu camino esté completo. Sin pancartas, sin llamadas de atención para que le mires, porque simplemente está a tu lado y con eso basta. Jesús, en cierta manera, es la especia que necesitamos en nuestro día a día. Nos da el sabor, y, entonces, estamos contentos. 

Mientras contemplaba escucho cómo me llaman para salir hacia el colegio que estamos dando color. Ahora nos toca trabajar a nosotros y así lo hacemos durante unas horas, hasta que fatigados se acerca la hora de comer y volvemos a casa. Intuyo que es la hora de descansar para todos, incluso para ella. 

Pero al llegar, la veo. Ahí sigue. Sonrisa y mirada. ¿Cuándo acabará? ¿Acaso acabará? ¿Acaso tiene un fin el servicio? Sigo sin saber la respuesta, pero hay algunos, como ella, que parecen no desfallecer. Algunos que se han creído, y a la vez hacen creer, las palabras de Jesús: «Yo estaré con vosotros día tras día

Pablo Valdés

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