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¿Dejarías tu casa por alcanzar una vida mejor? La respuesta a esta pregunta creo que hoy en día podría responderse por muchos jóvenes con un sí, dado que, podemos imaginarnos yendo a trabajar fuera por un trabajo con mayor sueldo, estudiar en una universidad mejor, o simplemente por cambiar de aires. Sin embargo, si te pregunto: ¿Dejarías tu casa sabiendo que puedes morir en el intento, por una vida mejor? Creo que la respuesta aquí sería un claro no.

Esta última pregunta es la realidad a la que he tenido suerte de acercarme este pasado agosto, donde he estado junto con personas migrantes, la mayoría subsaharianos, que han dejado su familia y seres queridos en su tierra para empezar un viaje que puede tener dos finales, o la muerte o una llegada a una vida distinta. Suena duro, pero así es.

Viendo cómo viven (escondidos en los bosques cerca del monte Gurugú en su mayoría, pues son perseguidos por la policía marroquí), cómo hablan de su historia, y, lo que más me ha sorprendido, la forma en que lo hacen (incluso a veces provocando la sonrisa en nosotros), me ha facilitado mucho unirlo a mi fe. Tal y como he dicho, estas personas que he podido conocer en Nador (frontera con Melilla), específicamente gracias Delegación Diocesana de Migración (DDM), me han mostrado un lado del mundo que claramente viene mejor no conocer, pues cuando lo conoces, no tienes otra que preguntarte ¿a dónde hemos llegado como mundo que permitimos esto? ¿les merece la pena? ¿está Dios ahí? ¿soy consciente que esto ocurre?

Estando allí, Dios ha conseguido que, si antes las noticias de esta realidad podían afectarme más o menos, ahora; no sólo son noticias o imágenes, sino que puedo ponerles rostro, recuerdos e historia. Esta es la clave fundamental de mi experiencia, cuando lea: “109 inmigrantes llegan a las costas de Almería”, podré ponerle el rostro de Karim, que después de 7 meses sigue en el bosque cerca de Nador, siendo perseguido por la policía por las noches. O todas las veces que lo intentó Adaoum, llegando a estar 4 meses en la cárcel de Libia. Y, también, si leo: “40 inmigrantes mueren ahogados al intentar llegar a Canarias” me tendré que imaginar las veces que jugué con Malik, un niño de 2 años que, junto con sus otros 2 hermanos (uno pequeño y otro mayor), intentaban llegar a España con su madre. O el sueño de Awa de poder operar a su hijo de 5 meses que tiene espina bífida e hidrocefalia. ¿O tendré que estar tranquilo, pues Aboubacar nos dijo que si se moría en el intento, será el fin y no pasa nada, pues es mejor morir que vivir como vivía? Estas noticias, ya no serán sólo noticias, a partir de ahora, tienen nombres.
¿Y por qué Dios ha conseguido esto en mi vida? Pues porque me ha mostrado su rostro en estas personas, que a veces se nos olvida que son estos sus colectivos favoritos. Me ha mostrado un rostro de personas que cuentan su “vida” con una mirada de esperanza y de sufrimiento, de alegría y de impaciencia, de sueños. También ha conseguido que no me acostumbre y que no sea indiferente ante esto, así como mi misión de ser testimonio de lo vivido. Antes podía decir algún comentario sobre ellos provocado por mi
desconocimiento…Sin embargo, ahora una vez conocida esta realidad, mi visión es completamente distinta y he de contarlo (y veo una gran  responsabilidad más aún en mi vocación de profesor), lo que me hace pensar que es el desconocimiento de muchas realidades lo que me ha provocado prejuicios, rechazo, miedo…
¿Dónde está Dios en todo esto? He visto que ellos tienen a Dios como bandera, a Él encomiendan su vida, le rezan y me han transmitido su luz al conocerlos. ¿Cómo es posible con todo lo que sufren? ¿a vosotros no os saldría dejar de creer en un Dios que no impide que mueras así?

Sin embargo, rezando esto me pregunté: ¿Quién soy yo para hacerme la pregunta anterior? ¿Quién soy yo que, teniéndolo todo, me quiero apoderar de ese sufrimiento que no tengo y que ni me imaginaba? ¡He visto a personas que no tienen nada, que les persiguen, que saben que lo que hacen tiene altas posibilidades de muerte, de violación, de pobreza y hambruna… y son las personas cuya fe es más fuerte! ¿Cómo
es posible esto?

Para mí ahora Dios tiene la sonrisa de Mohammed, la mirada de Moussa, el cariño de Trini, la fuerza de Yousuff, el ímpetu de Joaquín… y a mí me da esa esperanza de querer un mundo más unido y humano. Me da un motivo por el que rezar enfocando la mirada en esta realidad, me hace no acostumbrarme a estar donde estoy, ser más consciente y, sobre todo, me contagia ganas de volver para hacer más fuerte estos sentimientos.

Pablo Valdés